Para definir el ecosistema de agentes económicos del español, no debemos prescindir de la corrección como activo y buena práctica empresarial.

En un mundo donde la imagen de la empresa está ligada al acto comunicativo, el cuidado del lenguaje ha de extrapolarse más allá de las editoriales. La generación de contenidos web o la participación en redes sociales es una condición sine qua non para ser competitivos. Generar contenidos de calidad posiciona a la empresa como referente en el mercado y atrae a los potenciales clientes a la marca; descuidar la corrección lingüística podría traducirse en pérdida de credibilidad, desprestigio o indiferencia ante un acto comunicativo fallido.

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Pero la publicación de contenidos en Internet tiene además otro receptor objetivo: Google. Desde el posicionamiento SEO, sabemos que para ser visibles hay que redactar con corrección. No solo es importante utilizar las palabras clave para recuperar información, debemos tener en cuenta  que Google castiga las faltas de ortografía y gramática.

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La traducción genera ríos de tinta, no solo por el inmenso volumen de textos que se traducen diariamente, sino también por el número de reflexiones que se dan en torno a la actividad de traducir.

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¿Qué se espera de un traductor?

Actualmente la traducción se mueve en un terreno descriptivo. Si bien tradicionalmente se ha reflexionado sobre la manera de traducir correctamente, distinguiendo traducciones correctas y erradas, hoy día se estudia la traducción como proceso. Por este motivo, a la hora de enfrentarse a un texto, traducir no es elegir entre lo que está bien y lo que está mal, sino hacerlo entre un número indeterminado de opciones en función de quién sea el receptor de la traducción. Para poder elegir entre distintas opciones de traducción es necesario desarrollar una competencia traductora. Esta competencia capacita a un traductor, que tiene que  demostrar una serie de habilidades y conocimientos: estratégicos (saber tomar decisiones), instrumentales (saber cómo documentarse), enciclopédicos (iniciarse en temas a los que en principio es ajeno) y, por supuesto, lingüísticos (dominar la lengua desde la que se traduce y hacia la que se traduce). Seguir leyendo

En la primera parte vimos que realmente las nuevas tecnologías de verificación textual pueden resultar muy útiles. Sin embargo, estas herramientas de ayuda a la escritura no deberían sustituir nunca al profesional humano, sobre todo cuando si existe un fin editorial. Aún quedan muchas tareas que la tecnología no es capaz de afrontar en el ámbito de la corrección.

¿A qué cosas deberemos seguir prestando atención?

En general, no podemos delegar en la tecnología aquellas tareas de corrección que tengan que ver con una lectura especialmente meticulosa y comprensiva: detectar oraciones ambiguas, descubrir incongruencias por descuido del autor (ej.: un personaje que tutea a otro y en determinado momento lo llama de usted), decidir si es necesario incluir una nota al pie, etc. Seguir leyendo

Cuando hablamos de un corrector humano hablamos de un profesional encargado de revisar material escrito por un autor con el fin de asegurar que el lector reciba el mensaje con claridad y sin errores.

Teóricamente, durante el proceso de edición deberían atenderse, como fases sucesivas e independientes, revisiones textuales de diversa índole, a saber: la corrección ortotipográfica, la corrección de estilo, la corrección de concepto y, si se trata de una traducción, también la revisión de la traducción. En toda editorial que se precie, esto se sabe, pero solo en algunas se asume. La realidad es que en muy pocas ocasiones la casa editora encarga convenientemente cada tipo de revisión a un profesional especializado. Lo habitual es que el corrector del texto equis sea corrector por triplicado y él, y solo él, se convierta en el demiurgo mediador entre las ideas y lo legible que se encargue de la ingente tarea que deberían haber realizado tres o cuatro especialistas. La retribución por ello: unos setenta y dos céntimos de euro por cada millar de matrices (o caracteres, incluyendo espacios) para primeras pruebas en pantalla, y alrededor de cincuenta y cinco céntimos si son galeradas, esto es, segundas pruebas en papel. A fin de cuentas, cinco o seis euros la hora (en los casos más productivos). Seguir leyendo